A veces en la vida de un niño surgen dificultades ante las cuales los padres se sienten desbordados y no son capaces de encontrar una solución.

Ese suele ser el momento en el que acuden a la consulta de un psicólogo, no sin antes haber probado un sinfín de recursos sin éxito.

Los motivos de preocupación pueden ser muchos: niños que no hablan cuando ya deberían hacerlo, dificultades con la alimentación o con el control de esfínteres, problemas de comportamiento, problemas de relación, timidez, alteraciones del sueño, hiperactividad, cuadros ansiosos o depresivos, etc.

En época escolar el motivo más frecuente de consulta tiene que ver con problemas académicos en niños dotados de un buen nivel intelectual.

El recorrido que hace un ser humano desde que sus padres empiezan a pensar en tener un hijo hasta que se convierte en un sujeto está ligado al atravesamiento de una serie de etapas llenas de conflictos y de dificultades.

Las características que el futuro hombre o la futura mujer lleguen a tener dependerán de los avatares de este recorrido. Se trata de una sucesión de pérdidas con sus correlativos duelos.

El trabajo con los niños es muy complejo porque entran muchos elementos en juego.

Un bebé no es separable de su madre y un niño no es separable de su familia y será imposible pensar en él sin tener esto en cuenta. Por el contrario tiene la ventaja de que a veces con intervenciones mínimas se pueden obtener importantes resultados.

Un niño ya existe antes de nacer porque está en el deseo de sus padres, debe estar en el deseo de sus padres porque este deseo hará la función de regazo simbólico que le acogerá; le acogerá y también le marcará. A veces este deseo previo está condensado en el nombre que los padres eligen para él.

El niño nace y entonces debe entrar en juego la función materna, que le aportara unidad y cohesión.

Se establece una intensa relación de amor mutua absolutamente necesaria para el correcto desarrollo psíquico del bebé, que permitirá la estructuración de la imagen del cuerpo y la diferenciación entre sí mismo y el otro.

Tan importante como en un principio es la presencia de la madre será un poco más adelante su ausencia. La ausencia de la madre es la fundadora del deseo y del acceso a lo simbólico.

Aquí entra en juego la función paterna que es también sumamente importante. Pero un hombre no se hace padre porque le haga un hijo a una mujer sino porque esta mujer lo reconozca capaz de responder de este acto ante un hijo.

El padre evitará la excesiva simbiosis entre madre e hijo, establecerá los límites y será una especie de representante de la ley.

Pero no es suficiente con el papel de prohibidor y limitador, también tendrá que dar cuenta ante el hijo de su consistencia, de que posee algo que interesa a la madre.

Un padre es merecedor de respeto y amor, según palabras de Lacan, cuando hace de una mujer la causa de su deseo.

 

Los tiempos en la infancia

Los tiempos de la infancia son muchos y no transcurren mansamente.

Las fallas en las tres funciones que hemos citado, deseo de los padres, función materna y función paterna son las causantes de las problemáticas más graves en la vida del sujeto, tales como la psicosis, el autismo, los déficits de lenguaje y de acceso a lo simbólico, futuras depresiones y melancolías o desórdenes pulsionales que enlazan más con la muerte que con la vida.

Sabemos que en la vida pueden surgir circunstancias traumatizantes y estas tendrán repercusiones diferentes según ocurran en un tiempo u otro del desarrollo del niño. Sin duda estas circunstancias influirán en la estructuración psíquica, pero será decisiva la manera en que se aborden con relación al niño. Hablar con él de lo que haya sucedido sin mentiras y sin ocultamientos será de gran ayuda.

Para preservar el buen desarrollo de los tiempos de la infancia es necesario que los adultos que le rodean no dependan del niño, que este nunca pierda su lugar de niño y que no sea tomado por uno de los progenitores como sustituto de sus propias carencias.

Es importante que los adultos hayan asumido su lugar de adultos y que el sentido de sus vidas esté en su pareja, su trabajo o en su propia vida y no en su hijo.

Las dificultades que surgen en la vida de un niño pueden ser simplemente signo de que algo no va bien o pueden ser síntomas, producto de un conflicto interno con sentido de metáfora, como un lenguaje a descifrar.

En ambos casos será necesario comprenderlos y desentrañar su significado, no solamente eliminarlos.

El síntoma de un niño está siempre interrelacionado con el síntoma de los padres, por eso ningún análisis de lo infantil es posible sin los padres.

Si se toca el síntoma del niño se corre el riesgo de dejar al descubierto aquello que calmaba o alimentaba la ansiedad del adulto. De esto se deriva el rechazo que a veces nuestra intervención genera en los padres.