El miércoles 20 de febrero la Psicóloga Clínica y Psicoanalista Blanca Doménech Delgado abordó, dentro del ciclo “V Tertulias, Actualidad, Pensamiento, Psicoanálisis” el tema de la vejez bajo el título “La Vejez: entre el reconocimiento y el olvido”.

Desde psicologosenleon.net les ofrecemos un extracto de lo que lo que se abordó en dicho encuentro.en dicho encuentro.

 

La Vejez: entre el Reconocimiento y el Olvido

Existe un estigma asociado a los términos «vejez» o «viejo», por lo que buscamos eufemismos, persona mayor, edad madura, otoño de la vida, edad de oro, tercera edad…

Si cuando hablamos de la juventud o de la niñez no buscamos palabras que “suavicen” la realidad, ¿por qué hay que apelar a eufemismos para hablar de la vejez? ¿Es la vejez una realidad temida? ¿Una condición desagradable?

Ser “viejo” es una categoría social en la que, con excesiva frecuencia, se deposita todo lo que remite a pérdida, inutilidad, dolor, finitud y muerte.

La vejez queda expulsada de la vida o al menos ubicada en los bordes de la misma, en la marginalidad. Quizá esa sea la razón por la que tratamos de esconderla bajo términos menos duros

Robert Butler, gerontólogo, acuñó en 1969 el término “edadismo” para referirse a una nueva forma de discriminación hacia las personas mayores, análogo al racismo o al sexismo.

Discriminación paternalista, sutil y difícil de detectar, generada a partir de los estereotipos sociales que pretende igualar a toda persona –a partir de una edad indeterminada- en un único patrón y ajustar las actitudes de niños, jóvenes, adultos, y de los propios viejos, a ese único modelo.

Se configuran así, consciente e inconscientemente, la percepción y las actitudes de todos los sujetos, de los medios de comunicación, de las instituciones y los profesionales de la salud que se relacionan con viejos, etc.

Si el ser humano viejo pierde su valor social, si es marginado de la vida común, del circuito del deseo, se transforma en una especie de sujeto en suspensión, un sujeto sin proyectos, sin futuro, sólo con un pasado, como una forma de reminiscencia repetitiva, que nadie escucha.

Esta forma de discriminación utiliza el físico como elemento de evaluación. El eje de todo gira en torno al cuerpo, la enfermedad, la falta de belleza, los síntomas, el declive…

Apenas hay otra narrativa.

Este estereotipo tan potente marca la vejez como un fenómeno que agrupa en un solo modelo todos los modos de ser viejo. Anula lo más valioso del ser humano su singularidad, su subjetividad.

Entendemos que esta es la pérdida más dolorosa, el temor a no ser reconocido en su propia subjetividad, el perder su condición de ser deseante. El viejo parece ser sólo un cuerpo en decadencia y una carga social.

Pero el viejo no es un estereotipo, no es una abstracción, es una persona concreta, con su historia singular y su deseo peculiar. De la escucha de esa historia, de su palabra, de su decir, de esa singularidad se encarga el psicoanálisis, independientemente de la edad física que tenga.

El psicoanálisis es una escucha centrada en el sujeto deseante. La experiencia clínica evidencia que la rigidez o la dificultad para cambiar no es exclusiva de la gente mayor, sino que puede presentarse en edades tempranas. No se trata, pues, de la edad sino de la estructura psíquica de cada persona.

El sujeto de deseo se funda en la alteridad. Esto es, se dirige siempre a otro, quiere ser deseado, reconocido como individuo. Es una aspiración máxima consistente en ser reconocido por la mayor cantidad posible de semejantes. Se lucha por los cuidados, por la atención, por el prestigio, por el amor,…

El ser humano busca dar un sentido a su vida, el reconocimiento y no ser reconocido o no encontrar sentido alguno a la vida es morir psíquicamente.

Cada sujeto busca y encuentra sus estrategias para introducir en su vida algo que dé coherencia a su existencia, que le imprima una dirección hacia la que proyectarse en el futuro, algo que dé su significado último. Y esa estrategia singular de cada uno –bajo su propia ficción- constituye el fantasma particular de cada cual.

El fantasma que fabula, inventa, construye su sentir, su hacer, sus sueños. Y los viejos también fantasean, sueñan, desean…

Ser viejo tiene que ver con cómo se vivió. Todos los cambios vitales implican transformaciones y renuncias. Transformaciones que serán llevadas a cabo de manera diferente por hombres y mujeres. Vivir es pilotar los cambios, reorientarse hacia otro destino sin negar el pasado y las pérdidas.

Es una forma de instalarse en la dimensión del presente, del tiempo en movimiento, para abrirse a otra cosa, a un futuro que no está pautado o predeterminado; es plantearse preguntas, elegir, acertar, equivocarse, disfrutar, permitirse pensar que no somos solamente lo que fuimos. Es aprender a perder para ganar.

Desde el psicoanálisis pensamos que la vejez no es un estado, es un proceso inacabado de subjetivación, abierto.

Por eso debemos ser menos críticos con el propio cuerpo y sí más críticos con los estereotipos que limitan la vejez a una etapa de silencio y falta de deseo.

Blanca Loreto Doménech Delgado