Son dos palabras que escuchamos continuamente en la clínica. Pocos son los pacientes que cuando se acercan a solicitar nuestra ayuda no se quejan de estas dolencias. Son dos síntomas distintos pero están relacionados.

Recientemente ha llegado a mis manos un libro del Psicólogo y Psicoanalista Fernando Martín Aduriz que aborda esta cuestión con una brevedad, sencillez y claridad tal que se hace asequible incluso para aquellos que están ajenos al mundo de la clínica. Me he permitido tomar algunas ideas de dicho trabajo para abordar esta cuestión. El libro lleva por título “La ansiedad que no cesa”.

Es un hecho en el que todos coincidimos: la frecuencia e intensidad de la queja relativa a la ansiedad con la que se acercan al mundo sanitario y a la clínica infinidad de sujetos. Estamos continuamente oyendo hablar de ansiedad y a veces se presentan con crisis en las que el sufrimiento es evidente. Por otra parte son muchas las bajas laborales que se producen relacionadas con la ansiedad llegando a constituir un asunto de salud pública que está alcanzando proporciones de epidemia.

Vivimos en una sociedad en la que predomina la velocidad. Los cambios sociales y económicos se producen con mucha rapidez, las comunicaciones son instantáneas, los vínculos son efímeros y la precariedad y la incertidumbre impregnan nuestras vidas. La ansiedad aumenta a pesar del gran número de objetos de consumo y de satisfacción que tenemos a nuestra disposición.

En el DSM la ansiedad es considerada como un trastorno en sí mismo. Convertir un síntoma en enfermedad es algo que tiene importantes consecuencias en la cura. El sector sanitario normaliza el tratamiento de la ansiedad con fármacos y así el consumo de ansiolíticos se dispara con el consiguiente e indudable beneficio para la industria.

Para nosotros la ansiedad es una señal de algo, un aviso de que debajo hay algo más que debe ser desentrañado. La ansiedad oculta a la angustia, la envuelve y por eso decimos que no es más que un envoltorio. Si tomamos a la ansiedad como la base del problema y la calmamos con psicofármacos evitamos la posibilidad de averiguar qué es lo que angustia a un sujeto.

Lacan enseña que la angustia es nuestra respuesta a la pregunta de ¿Qué soy para el Otro? ¿Qué quiere el Otro de mí? Una solución puede ser reducir los deseos del Otro a lo que pide e intentar satisfacerle, darle lo que pide, todo lo que pide sea justo o no. De este modo hay quienes se pasan la vida tratando de agradar y complacer al semejante, solucionando sus problemas y demandas con el fin de cerrar esa pregunta que causa la angustia. De ese modo intenta tranquilizarse y desangustiarse.

La solución no es taponar la falta, sino todo lo contrario, porque la angustia aparece cuando donde debiera haber un agujero lo que hay es un tapón. Por lo tanto calmar la ansiedad con artilugios de cualquier tipo incluido los ansiolíticos solo es una solución rápida que puede servir en los primeros momentos pero inevitablemente lleva a posponer el descubrimiento de lo que está debajo.

Por ser seres hablantes nuestro cuerpo no es solo un organismo sino que está atravesado por el lenguaje y por tanto la ansiedad no debe ser tratada como si fuera una cuestión de organismo. Es necesario buscar las verdaderas razones del sujeto y esto no se puede hacer sin escucharle. Tratar la ansiedad con ansiolíticos es tratar el síntoma sin desenvolver. Para nosotros los psicoanalistas es imposible abordar una cura sin desenvolver ese síntoma, es decir sin estudiar las conexiones con las vicisitudes de la historia del sujeto.

Fue Lacan quien utilizó la expresión de “envoltorio formal del síntoma” para explicar que la presentación de un síntoma nunca debe confundirse con lo que encierra en sí y que todo síntoma tiene una causa. El síntoma debe ser descifrado.

El síntoma es goce, esto quiere decir que conlleva una satisfacción inconsciente y por esto persiste, insiste y se repite, no desaparece con facilidad y a veces crece.

Existen situaciones en la vida en las que el síntoma de la ansiedad puede aparecer: la pubertad, la entrada en la adolescencia, un fracaso amoroso, una prueba en la que el sujeto debe competir con sus iguales, como un examen o una oposición, tras la muerte de un ser querido, a la espera de un acontecimiento trágico o difícil o antes de un acontecimiento decisivo como puede ser una boda o un traslado. Es decir, que la ansiedad puede aparecer en un momento en el que no se dispone del control frente a los avatares de la vida.

Tratar de desentrañar la incógnita de lo que representa un síntoma de ansiedad en base a conocimientos estándar o a recetas colectivas produce efectos de alienación a los discursos de algo que vale para todos. De ese modo se obvia la singularidad de cada uno, las secretas razones de cada cual que convierten su propia historia en irrepetible. Únicamente en la práctica del Uno por Uno se pueden producir efectos saludables y consistentes en el tiempo.

En esto consiste la práctica de desenvolver el síntoma.