Después de haber escrito y trabajado mucho sobre la función paterna, el psicoanalista italiano Massimo Recalcati consideró llegado el momento de hacer justicia y escribir sobre la función materna y para ello ha escrito un libro titulado “Las manos de la madre” con la simplicidad y el atractivo que le caracteriza.

Al autor se le quedó grabada en la memoria la imagen de una película que vio cuando tenía nueve años. En ella una madre sostenía a su hijo en una ventana evitando que cayera al vacío.

Lo mantuvo durante mucho tiempo, hasta que alguien desde abajo vio la escena y pudo acudir en su auxilio. Esta imagen de las manos de una madre que sostienen al hijo para que no caiga al vacío se convirtió para él en una metáfora de la maternidad.

Sostener con sus manos es una característica fundamental de la función de una madre.

La madre que acoge a su hijo cuando nace y de este modo preserva la vida y la protege impidiendo la caída en el vacío
del sin sentido.

La hospitalidad que ofrece la madre es “sin propiedad”, porque está irreversiblemente ligada a la pérdida, dado que nunca podrá reintegrar el fruto salido de su cuerpo.

En toda maternidad se halla la dicotomía entre la madre del deseo, la que se desprende de su hijo para empujarlo hacia el mundo y la madre del goce que desearía apropiárselo como si fuera un objeto.

 

La Madre y el Padre

 

No es el padre, como introductor de la ley, el que debe educar a la madre para que se separe de su fruto, sino que es el propio deseo materno el que actúa en esa dirección. Después de haber cuidado de la vida del niño, es la propia madre la que entrega al hijo al mundo. De este modo el deseo de la madre queda por encima del goce de la madre.

La figura materna está también ligada a la espera, una espera vinculada a la paciencia. La madre espera sin exigir, sin preguntar. La paciencia recorre el embarazo y se mantiene atendiendo al hijo hasta que este logra su libertad.

La madre paciente libera al hijo de la presencia sofocante de esa otra figura de la madre que representa la demanda excesiva.

La madre que espera puede hacerlo porque la acompaña la fe en el hijo. Esas madres que se alarman en exceso y se angustian ponen de manifiesto su falta de fe en el hijo.

La preocupación excesiva en la madre puede proceder de una proyección sobre el hijo de elementos procedentes de sus propias vivencias, de las que se alimenta su propio fantasma inconsciente.

Los fantasmas maternos pueden condicionar el deseo de la madre hasta el punto que este se haga imposible. En ese caso ella proyecta sobre el hijo su propia angustia sin ningún filtro simbólico. De este modo la maternidad en vez de ser vivida como algo alegre se siente como algo amenazante para la propia integridad.

 

La Biología y la Maternidad

 

La maternidad no es algo biológico ligado al instinto maternal, sino un evento del deseo que surge del inconsciente y se alimenta de los sueños y los fantasmas de todas las madres.

Cuando el sueño acompaña al embarazo, las transformaciones del cuerpo pueden ser vividas con satisfacción y no como algo que desestabiliza la imagen del yo.

En el caso contrario predominarían las vivencias de ataque al cuerpo, de extrañeza o en último extremo de despersonalización.

El rostro de la madre funciona como el primer espejo y es el que nos permite en algún momento encontrarnos con el rostro propio.

Lacan enseña que el deseo humano tiene que ver con el deseo de ser deseado, de ser reconocido por otro deseo.

Para que alguien pueda reconocerse como sujeto debe haberse visto reflejado en una imagen de sí mismo que solo la madre puede devolverle.

 

La mirada de la madre

 

La identidad del sujeto no surge del desarrollo progresivo de diferentes potencialidades sino de la intervención de la mirada de la madre a través de la cual se logra la unidad del propio cuerpo y la identidad.

Esa mirada de la madre anticipa la aparición del mundo y da la posibilidad de ir acercándose a él, porque es una mirada que se abre a un tercero, a un horizonte y no se agota en una relación cerrada madre-hijo.

Cuando un niño recibe a través de los ojos de la madre respuestas caóticas o cargadas de angustia esto repercute en su psiquismo y las consecuencias las vemos en la clínica con frecuencia.

Si la mirada de la madre es fría o distante el mundo se le aparecerá al niño como algo cerrado y distante. Cuando una madre mira a su hijo deposita en él sus propias vivencias como hija y la vinculación con su propia madre está ahí en juego. Inscribirse como madre significa morir como hija.

La madre en un primer momento alimenta al niño con su pecho y así satisface su necesidad de alimento, pero después el pecho tiene el valor de la presencia amorosa de la madre, es el signo del amor. Por eso decía Winnicot que el niño desea recibir el alimento de alguien que goza alimentándolo.

El placer de la madre al alimentar debe estar presente, de lo contrario solo es una actividad mecánica.

 

La presencia de la madre

 

El niño necesita la presencia de la madre pero del mismo modo necesita también su ausencia. La elaboración por el niño del duelo por la ausencia de la madre es la condición para la creatividad. Una madre que no facilita al niño su ausencia y se queda pegada a él bloquea el acceso de este a la creatividad y a la simbolización.

La madre se ausenta, se despega de su hijo, porque la existencia del hijo no agota su mundo, sino que para ella existe un más allá del niño.

Lacan enseña que para que una madre sea lo suficientemente buena es indispensable que el deseo de la mujer que se ha convertido en madre no se disuelva totalmente en el de la madre. El hecho de que aparezca la mujer, es decir que la madre sea “no toda madre” es algo salvador tanto para la madre como para el hijo.

Con frecuencia la inquietud que aparece en la madre es producto de que la madre puede estar asfixiando a la mujer. La cultura patriarcal ha intentado reducir a la mujer a Toda-Madre con el objetivo de poner freno a eso que tiene de ingobernable la feminidad.

En resumidas cuentas la trascendencia del deseo de la madre, es decir que haya un más allá del hijo, es lo que hace posible la trascendencia del deseo del hijo.